12 Meses 12 Libros: El Clan del Oso Cavernario

El cazador se llamaba Gorf y había trabajado duro toda la mañana. Él y el resto de cazadores habían estado persiguiendo pequeñas presas para asegurar el sustento de sus respectivos hogares. La tercera vez que sintió la punzada en el estómago decidió que tenía hambre. Rebuscó en la pequeña bolsa de nutria que le había preparado su pareja al amanecer, antes de salir de la cueva. Olió el envase y se sintió feliz y satisfecho, aunque su especie no era capaz de sonreir.

Se alejó del grupo. Hacía años que no comía con el resto. Ya raramente tenía que explicar por qué. Caminó y el ruido de sus pies sobre la piedra negra, el frescor del aire y el calor del sol que se filtraba entre las nubes le recordaron que estaba vivo. Subió una pequeña colina hasta la cueva donde solía refugiarse para comer. Saludó a las hembras que estaban en la entrada. Pensó para dentro que su comportamiento, rutinario, aún no había dejado de ser extraño para ellas.

Dobló un recodo de la cueva y bajó, protegiéndose con su capa de cuero. Abajo hacía frío. Abrió el paquete de comida y el olor inundó su olfato. Su boca se humedeció rápidamente. Tras una dura jornada de trabajo, reponer fuerzas era imprescindible. Se acuclilló dando la espalda a la entrada de la sala inferior, para aislarse del mundo y se dispuso a coger el primer bocado.

Su cerebro, atenazado por el hambre y desacostumbrado a experimentar problemas a la hora de comer, tardó en darse cuenta. Había olvidado coger sus útiles para comer al salir aquella mañana a cazar hacia las praderas. Desconcertado y confuso su primer instinto fue coger la comida con la mano, como recordaba que sus ancestros habían hecho hacía cientos  de años. El calor que salía del recipiente y el miedo a ser descubierto por algún extraño que bajara hasta su sala, le retuvieron. Alguna de las hembras solía bajar de vez en cuando a revisar el estado de la sala y no le gustaba la idea de que le sorprendieran comiendo con la mano.

Pensando fue hasta el fondo de la cueva y encontró algunos trozos de material que había servido para envasar la comida de otros cazadores antes que él. Algo se encendió en su cabeza y haciendo uso de todos sus recuerdos eligió un trozo de dimensión y forma determinadas. Al principio pensó en cortarlo por la mitad, pero decidió que el resultado no sería suficientemente útil. Se dio cuenta d que dar forma al material no era fácil, ya que se partía muy fácilmente en unas direcciones, pero era casi imposible de manipular, con sus manos desnudas, en las otras. Pero su cerebro siguió trabajando hasta establecer una analogía entre la forma de las herramientas que solía usar para comer y la forma del material que estaba manipulando. Con tiento y paciencia consiguió al fin la forma que quería. La probó con su comida y consiguió el resultado esperado, la comida se sostenía con facilidad en la herramienta que luego podía llevarse a su boca. Saboreó la comida, pero lo que mejor le supo aquella mañana fue el triunfo de su capacidad de adaptación. Prescindiendo de cualquier modestia, pensó que el futuro de su especie estaba más que asegurado.

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