12 Meses 12 Libros: El Sherlock Holmes escondido

Arthur Conan Doyle, El tren desaparecido y otros relatos (La nueva catacumba, El Médico Moreno).

La oscuridad dejó pasó a una luz difusa, luego a borrones de colores, luego a una habitación temblequeante y, más tarde aún a muebles difusos que ganaron nitidez por momentos. Finalmente recobró la consciencia con amnesia y un profundo dolor en el hueso occipital. Se registro la ropa y encontró algunos documentos que le devolvieron su nombre y parte de sus recuerdos. Sherlock Holmes. Ése era el. Holmes el investigador. Bien, pensó, es un comienzo.

La habitación le resultaba poderosamente familiar, aunque nada en ella salía de lo común a excepción del cadáver. Era un hombre mayor, con la cara como de pergamino y el corazón posiblemente atravesado por una bala. La primera suposición de Holmes fue que, tras pegarle a el y disparar al muerto, el asesino había huido por la puerta. Lo descartó rápidamente. La puerta estaba cerrada por dentro con un viejo cerrojo y un candado.

Llegó hasta la ventana y comprobó que estaba tapiada con una gruesa capa de ladrillos cubiertos de polvo y telarañas. El asesino no había huído por ahí tampoco. Verificó después que no había otra salida posible de la habitación; ni chimenea, ni salida de aire, ni otra clase de conducción o trampilla. Finalmente tuvo que admitir que, si el asesino no había podido salir, es que todavía estaba dentro. El, Holmes, había acabado con la vida de una persona.

Con esta extraña certeza, se acercó a reconocer al difunto. Se quedó observando su cara durante minutos, hasta que, entre los restos de la conmoción, recordó el rostro de su eterno enemigo. Así que este es Moriarty, pensó, y al final ha pagado por sus crímenes.

Dispuesto a averiguar cuanto pudiera antes de llamar a la policía, comenzó a registrar los bolsillos del muerto. Al mover el cuerpo vió que en su mano derecha agarraba aún un almiréz. Con esto me dejó incosciente, concluyó, a la vez que yo le disparaba. En su mano izquierda el difunto sostenía entre sus dedos una foto de dos adultos en un salón. El más alto sostenía un violín. Para holmes, de su amigo el Doctor Watson, rezaba la dedicatoria. Le sorprendió que su rival, porque no había duda de que el muerto era su archienemigo, tuviera esa foto en su poder. La cogió y contrastó con cuidado las caritas arrugadas de la imagen y al compararlas con el cadáver se sobrecogió al comprobar que la cara de Holmes y la del muerto eran la misma. ¡El muerto era Holmes!

Pero si el muerto era Holmes, ¿quién era, entoces, él mismo? La posibilidad de un hermano gemelo desconocido quedaba descartada de principio. Pero él ya tenía un hermano muy parecido, más voluminoso, menos vibrante, pero muy parecido. ¿Era él su hermano Mycroft? Imposible, se dijo a sí mismo y a la habitación vacía. Mycroft no tenía la energía para meterse a sí mismo en semejante situación, ni menos aún para empuñar el arma y luchar por su vida. Y aunque las hubiera tenido, ¿Por qué se pelearian los dos hermanos hasta matarse?, y ¿De dónde le venía esa certeza de que el hombre muerto era su propio, eterno rival?

Descartado lo imposible, entre el resto, por improbable que pareciera, se encontraría la verdad.

Sabiendo qué se iba a encontrar, buscó por toda la habitación hasta encontrar, en el fondo de un cajón, entre ropa apolillada, un espejo medio roto. Se miró, recomponiendo mentalmente las facetas de su propio rostro. Un escalofrío le recorrió al adquirir la certeza de que él, el asesino que no había escapado, era efectivamente el gran enemigo del muerto. El era, aunque fuera incapaz de recordarlo, el malvado profesor Moriarty.

 

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