Era Cuentos Negros para Niños Blancos. Un libro que en su día, con apenas ocho años, no supe apreciar. Por eso lo doné al fondo de libros de la Clase, que la seño Concepción nos propuso crear para prestárnoslos unos a otros de forma organizada. Ese fue el primer contacto que tuve con una Biblioteca. Pasaron trece años hasta el siguiente.
Melvin estudiaba en la Biblioteca de Logroño y Jazmín y Mike venían a veces. Y yo me apunté al carro. En la sala de estudio todo era bastante normal, tranquilo y silencioso, justo como en la Escuela, en Zaragoza. Era justo lo que necesitaba para ayudar al mono a salir_por(puerta izquierda), y coger(llave), y luego salir_por(puerta_derecha), subir_cajón, abrir_candado_con(llave) y por último, triunfalmente, comer_plátano. Cosas de la Inteligencia Artificial que tuve que recuperar aquél verano.
Lo importante, como digo, no era la planta de arriba. Era la sala intermedia. Cuando descansaba, y descansaba bastante pues mis posaderas siempre tuvieron menos aguante que las de Melvin, me escapaba a la zona de préstamo y vagaba por los pasillos interminables escogiendo libros al azar. Los leía durante diez minutos, como el bibliotecario de Borges, y volvía a dejarlos en su sitio para seguir estudiando, ya saben, ¿Tal vez el mono debería subir_cajón antes de coger(llave)? No, no. De ninguna manera.
Así que, entre esos ratos furtivos en la sala de lectura y los cedés, Coltrane, Charlie Parker, Don Byass, que me llevé prestados una vez que Cookie me hizo mi carnet, pasó el verano. Y yo perdí la Biblioteca. Hasta trece años después.
Recorro ahora los pasillos de la Biblioteca del barrio y, ahora las pelis ya no vienen en VHS. Consigo libros y, esto es más difícil, grandes películas. De los libros hablo ya en otros lados, pero las películas me están acercando de nuevo al cine. En unos meses he devorado, entre muchas, Gilda, La Misión, El Nombre de la Rosa, El Gran Gatsby, Sentido y Sensibilidad, El Halcón Maltés y, qué grande, El Séptimo Sello. Me he reencontrado con la Biblioteca y mi vida es mejor, cruzada con las vidas de aquellos que me hablan desde sus páginas y los reflejos de los discos. Hablan con las voces de los muertos. Atraen. Divierten. Enseñan. Sus voces, como las voces de los muertos, son débiles, pero puedes escucharlas si pones empeño y tienes suerte. En mi caso, fue a la tercera oportunidad. Y ahora, después de meses, tras 26 años, puedo verlos, observándome con aprobación por entre los huecos vacíos que los préstamos dejan en los estantes. Los fantasmas de la biblioteca me miran y sonríen.

No me puedo creer que, con lo que eres, no fueras ya antes un enamorado de las bibliotecas. Desde Alejandría hasta la actualidad, están rodeadas de un aura mágica. Han caído en sus redes grandes y pequeños de la literatura: Ruiz Zafon, Eco, Borges, Stephen King, Michael Ende, Perez-Reverte… Incluso el Quijote se gesta en una biblioteca.
*Suspiro* Ay, bibliotecas…
Bueno… no te creas que siempre he sido un intelectual de mente brillante y físicamente atractivo.
Bonito, bonito, bonito.
Me alegro de que te guste.
Pero gracias, en cualquier caso.
Ciertamente no es tu comentario más crítico.